Noche de terciopelo y sombra,
la misma noche de plenilunio en la que humedecía mi alfombra,
y mi voz que en un susurro de fuego, te nombra
Cual diosa que con su mirada fogosa mi alma asombra.
No son promesas vanas, ni aliento fugaz,
sino el latido repetido de un deseo tenaz,
un río de lava que ansía tus besos sin ocultar tu faz,
la dueña de mis húmedos sueños, mi dulce solaz.
Tus labios, dos pétalos de rojo candeloso y encendido,
Invitan a mi boca a un festín intimo prohibido,
donde el néctar dulzón y empalagoso, al ser compartido,
enciende la chispa de un amor, quizás imaginario, consumado, aguerrido.
Tus manos, que ahora reposan tangibles y serenas,
recorrerián mi piel, fusionándonos ambos, desatando las penas,
convirtiendo el silencio, en testigo divino de ardientes escenas,
donde dos cuerpos gimen, jadean, y a la vez gritan sus ansias plenas.
En esa danza sinuosa que el deseo dibuja,
cada roce, replica un chispazo, una llama que el alma conjuga,
acortando distancia, mientras la razón se diluja,
y en un solo suspiro, la carne se fuga.
No habrá velos que oculten la cresta de olas, la intensa marea,
de besos robados, de entrega noctámbula, sin idea
de frenos o límites, la pasión nos rodea,
en un torbellino donde el cuerpo gatea.
Tus gemidos serán la dulce melodía,
que acompañe el temblor de mi osadía,
cada caricia, un verso de amor y de porfía,
hasta que el alba pinte de luz nuestra alcoba vacía.
Y en el lecho revuelto, testigo silente,
de la noche de fuego, de ardor inclemente,
dos almas unidas, en un lazo ferviente,
habrán bebido juntas el elixir potente.
Así, mi amada, en esta noche estrellada,
seremos dos llamas en una fogata,
consumiendo el deseo, sin tregua ni data,
hasta que la pasión en un fugaz elixir quede al fin saciada.